Las honras fúnebres de Rubén Darío

El poeta pasó seis meses de sufrimiento en los que alucinó en su agonía, luchó y protestó contra los médicos que lo atendían y cuando finalmente comprendió la inminencia de su partida, aceptó recibir el sacramento de la extrema unción, heredar sus bienes y despedirse del mundo que luego habría de rendirle honores póstumos.
El 5 de febrero, Rubén entra en agonía. Tenía en sus manos el Cristo que le obsequió el poeta mexicano Amado Nervo. Además, junto a su lecho de muerte estuvieron su esposa Rosario Murillo, sus médicos, los doctores Luis H. Debayle y Escolástico Lara, sus anfitriones Francisco Castro y Fidelina Santiago de Castro, así como Simeón Rizo Gadea, Francisco Paniagua Prado y los hermanos Alejandro y Octavio Torrealba.
Rubén Darío expiró a las 10:15 de la noche del 6 de febrero de 1916 (el Acta de Defunción dice que fue a las 10:18). El 10 de enero, el obispo de León, Simeón Pereira y Castellón, le había administrado solemnemente la extremaunción.
Alejandro Torrealba, a la hora de la muerte, rompió la cuerda de un reloj, para inmortalizar la hora de su paso a la inmortalidad. Poco después se escucharon las campanas de las iglesias de León y cañonazos en el Fortín de Acosasco, anunciando el deceso. Octavio Torrealba dibujó dos bocetos, uno cuando agonizaba y otro muerto. José López le sacó una mascarilla de yeso. El barbero Adán Castillo, procedió a resurarlo y afeitar.

La noticia se difunde rápidamente por todo el orbe y aparece en la primera plana de los principales periódicos de América Latina y España.
Los días siguientes numerosos diarios publicaron editoriales y artículos elogiosos sobre la obra del poeta, a la cabeza de ellos La Nación de Buenos Aires, del que Darío fue corresponsal en Europa. Varios famosos poetas pulsan sus liras para expresar su dolor.
Dice la crónica de Huezo, que en sus últimos días, alternó entre súbitos cambios de humor, atizados por las fiebres y dolores recurrentes, en cuanto no estaba abierto y amable, estaba iracundo y desesperado; criticaba sin miramientos a los poetas locales, decía verdades hirientes a sus amigos, se lamentaba del trato médico y se quejaba de la comida, de la dieta líquida a la que había sido sometido, del carácter (débil a su criterio) de su esposa y hasta de las visitas.
Producto de las altas fiebres, llegó a alucinar y ver fantasmales personajes en su aposento humilde, donde le dio albergue el matrimonio de Francisco Castro y Fidelina, una casa modesta del barrio San Juan.
“Hay momentos en que delira. Durante ellos, tiene visiones de personas muertas. En ocasiones abre los ojos y dice a su esposa: —Procura que no vuelva a entrar en el cuarto el viejo que acaba de salir.En otros momentos exclama:—¿Qué viejo es ese? Yo no he visto a ninguno.
—El viejo airado y calvo, de ojos brillantes que ha estado sentado a la orilla de mi cama. Me agravia, me daña su gesto.
—Acabo de ver a una hermosa persona, apuesta y noble. Qué semblante, qué dulzura de alma. Vino a visitarme. Entró con precaución para que yo no despertara. Es tía Bernarda, la que he reconocido por madre, gentil y buena. Qué suavidad inefable viene de ella. Y agrega en francés —¡Bien, trés bien! ma chére. Algunas horas después se despierta asustado:Los Funerales—Echa afuera a esa vieja de ojos torvos y dolorosos. Tiene andar de alimaña y se goza en mi amargura. Me es conocido su semblante, pero he olvidado su nombre. Que no vuelva a entrar. Dile al portero que no se lo permita. Es bruja o Euménide. Duele su mirada como la de los satanases del Dante. ¡Horrible mujer!”.

El día 7 de febrero, las cámaras de Senadores y de Diputados de la República de Nicaragua declararon duelo nacional por el fallecimiento de Rubén Darío y decretaron “permitir que el cadáver de Darío sea inhumado en la Santa Iglesia Catedral de León”. El Poder Ejecutivo acordó tributarle honores de Ministro de la Guerra y Marina
Monseñor Simeón Pereira y Castellón, obispo de León, ordenó que “los funerales eclesiásticos del señor don Rubén Darío se harán en nuestra iglesia catedral con la magnificencia propia del ceremonial establecido para los funerales de los Príncipes y Nobles”. Agregó que “el día señalado para las exequias de cuerpo presente, todas las iglesias de la ciudad acompañarán los distintos toques funerales de las campanas de Catedralˮ.
Capilla Ardiente
La Universidad Nacional de León permanece cuatro días en capilla ardiente. Los guardias de honor suceden durante todo el día y parte de la noche. Participan estudiantes, profesionales, obreros y artesanos, así como otros miembros distinguidos de la sociedad leonesa.
En las veladas nocturnas leen sus homenajes Carlos A. Bravo, Joaquín Sansón, Horacio Espinosa, Modesto Barrios, Luis H. Debayle, Francisco Paniagua Prado y otros. Se declaman los poemas más célebres de Darío. Comenta Torres Bodet: “Darío, muerto, tuvo que someterse a un tratamiento que habría sido para él, en vida, tortura de su espíritu: escuchar discursos y más discursos…”
Desde el día 7 hasta el 13 de febrero, el cuerpo de Rubén Darío fue llevado al Palacio Municipal y a la Universidad Nacional, (donde está ahora el edificio central de la UNAN-León). El día 12 fue conducido a la Catedral, envuelto el cuerpo con un blanco sudario, en la cabeza una corona de laurel.
Varios trenes transportaron a León numerosas delegaciones, y de Masaya enviaron un vagón lleno de flores, incluyendo flores acuáticas de la laguna de Tisma.

Al salir de Catedral, en el atrio, Monseñor Pereira y Castellón pronunció un sentido discurso. Más adelante, en un balcón de la casa del general Anastasio Ortiz, el padre Azarías H. Pallais, quien fue amigo de Rubén Darío, pronunció un gran discurso. Considerado más adelante como el mejor de los discursos.
A las diez de la noche llegó el cortejo a la Universidad. Tomaron la palabra los doctores Luis H. Debayle, Francisco Paniagua Prado, Leonardo Argüello, además Juan Ramón Avilés y Ramón Sáenz Morales. Esa noche el joven pintor Alonso Rochi pintó un boceto al óleo de Rubén.
Se estima que los funerales de Rubén Darío fueron más concurridos que las procesiones de Semana Santa. Delante del féretro iba un grupo de canéforas.
Las jovencitas iban vestidas de blanco con cintas negras en el corpiño. El discurso de despedida fue pronunciado por el doctor Leonardo Argüello, en el atrio de Catedral.
Un cañonazo da la señal de partida a la multitudinaria procesión apiñada en los corredores de la Universidad.

El presbítero Félix Pereira se afana en organizar las delegaciones, tarea nada fácil por la cantidad de asistentes. Al iniciarse el desfile, cerca de las cuatro de la tarde, una bandada de inmaculadas palomas alzan su vuelo sobre el féretro y la concurrencia.
De todos los campanarios de las iglesias de León llegan los toques de profundo duelo. Desfilan las delegaciones con banderas de Argentina, Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica. Se han hecho presentes nutridos grupos de representantes de los departamentos del país y de los Ateneos.
Pasan los estandartes del Cuerpo Diplomático, del Cuerpo Consular, del Congreso Nacional, de la Sociedad Cultural de Obreros y de la Oficina Internacional Centroamericana. Los estandartes son más de veinte.
A la cabeza del desfile van los representantes de los Poderes del Estado, de la Universidad, los familiares del poeta, el alcalde de la ciudad y los magistrados de la Corte de Apelaciones. Los colegios y escuelas forman valla en toda la procesión.
Darío, fue sepultado al pie de la estatua de San Pablo, un león con expresión de tristeza, símbolo de la ciudad, descansará sobre su tumba en actitud vigilante obra del escultor granadino Jorge Navas Cordonero.
Se cumplió el deseo que expresó Rubén a Santiago Argüello:
“Quiero que mis despojos sean para Nicaragua. Ya que mi patria no me guardó vivo, que me conserve muerto”.