El 4 de mayo de 1927 como orígen de la revolución Sandinista

El 4 de mayo de 1927 como orígen de la revolución Sandinista

Por Redacción Central
4 de mayo de 2026

Desde el 25 de octubre de 1925 el conservador Emiliano Chamorro inició acciones desestabilizadoras al gobierno del presidente conservador Carlos Solórzano y del vicepresidente liberal Juan Bautista Sacasa, dupla que exhibía la alternancia de poder entre las élites oligarcas y burguesas en Nicaragua.

Finalmente el 17 de enero de 1926 la presión hizo que el presidente huyera y que Chamorro tomara control de la casa presidencial. Esta acción conocida como “El Lomazo” provocó inestabilidad política y una deslegitimidad constitucional ya que según la legislación en ausencia del presidente le correspondía asumir al vicepresidente el control del gobierno. El golpe de estado que desató una guerra civil entre los seguidores y empleados de Chamorro y de Sacasa.

En definitiva los yankes no aceptaban a ninguno de los dos. Si bien es cierto, el País estaba suscrito a acuerdos regionales donde se promovía la legitimidad de los gobiernos, los EEUU tenían desde 1912 una ocupación militar en Nicaragua que les había heredado autoridad ante la sumisión vendepatria de los ambiciosos y cobardes locales.

Así, a través de su Secretario de Estado, Frank B. Kellogg, EEUU envió notas a Chamorro para renunciara y buscar una solución negociada que favoreciera los intereses norteamericanos; por lo que nuevamente ocupó la Presidencia Adolfo Díaz.

Ésta guerra se denominó La Guerra Constitucionalista (1926-1927) y aunque durante ella Sacasa se nombró presidente el 14 de noviembre de 1926; José María Moncada fue la figura central de la misma, desempeñándose como el General en Jefe del Ejército Liberal al que Sandino pertenecía como uno de sus generales.

El papel de Moncada evolucionó de líder militar revolucionario a pieza clave en la sumisión pacificación bajo términos estadounidenses. El presidente Calvin Coolidge concedió notables poderes de autonomía a su enviado especial Henry L. Stimson para definir términos del fin a la Guerra Constitucionalista, proponiéndole a Moncada el desarme y la desmovilización del ejército liberal, le garantizó que sería el futuro presidente de Nicaragua después que Adolfo Díaz culminara el período restante al “orden constitucional”. Todos los generales aceptaron claudicar ante la injerencia menos Sandino quien entonces discernió que la lucha no era entre hermanos sino contra los invasores: “ni me vendo ni me rindo”.

Un 4 de mayo de 1927, bajo un árbol de espino negro se firmó un pacto de cobardía, ambición y sumisión. Moncada llamaría “día de fiesta nacional por alcanzar La Paz”. Sandino reconoce que es día de celebración pero por su negativa a la forma vergonzosa de resolver el conflicto. Sandino considera la celebración a favor de la dignidad nacional.

El pacto como estabilidad política bajo condiciones externas

El Pacto del Espino Negro logró detener momentáneamente la confrontación armada entre liberales y conservadores. En apariencia, representaba una salida negociada a la crisis política nacional. Sin embargo, desde una perspectiva soberana, dicha estabilidad no nació de una decisión plenamente autónoma de las fuerzas nicaragüenses, sino de una mediación extranjera impuesta por la presencia determinante de Estados Unidos.

La paz bajo esas condiciones fue limitada. No resultadó de un consenso nacional maduro, sino de una correlación de fuerzas donde la voluntad extranjera tenía capacidad para ordenar, condicionar y definir el desenlace político interno. Por ello, el pacto revela una paradoja histórica: (i) Detuvo la guerra, pero no restituyó plenamente la soberanía; (ii) Suspendió la confrontación armada, pero dejó intacta la estructura de dependencia; (iii) Organizó una salida política, pero bajo vigilancia externa. La idea de que Nicaragua necesitaba tutela extranjera para resolver sus propios conflictos hería profundamente la dignidad nacional. Desde entonces.

La contradicción estructural del pacto

El pacto expresa una contradicción fundamental: buscaba estabilizar el país, pero lo hacía subordinando la solución política a una mediación externa. En consecuencia, la soberanía nacional quedaba reducida en tres dimensiones esenciales. Primero, la decisión política nacional quedaba condicionada. Las fuerzas internas no actuaban con plena libertad histórica, sino bajo la presión de un poder extranjero con intereses estratégicos en Nicaragua. Segundo, la soberanía jurídica del Estado quedaba debilitada.

Aunque Nicaragua conservaba formalmente sus instituciones, la conducción real del proceso político estaba influido por una potencia externa. Tercero, la reorganización institucional del país quedaba vinculada a intereses ajenos.

La futura Guardia Nacional no nació como una institución puramente nacional, sino como parte de un esquema de control político y militar compatible con la visión estadounidense sobre el orden interno nicaragüense. Por tanto, el pacto no solo resolvía una coyuntura; también proyectaba una forma de dominación institucional.

Discurso injerencista que prevalece

La importancia histórica del pacto radica precisamente en que mostró cómo la intervención extranjera podía reorganizar el Estado bajo el lenguaje de la paz, el orden y la estabilidad. Discurso peligrosamente vigente a nuestra actualidad.

Sandino y el rechazo soberano al pacto

El elemento decisivo para interpretar el Pacto del Espino Negro es la posición de Sandino. Mientras otros aceptaron el acuerdo como salida política, Sandino lo interpretó como una imposición incompatible con la dignidad nacional.

Su rechazo fue una ruptura ética, política y doctrinaria. Comprendió que aceptar el desarme bajo condiciones extranjeras significaba legitimar la subordinación de Nicaragua. Por eso rechazó rendirse y escaló la continuidad de la lucha hacia la anti-imperialista.

Sandino convirtió el conflicto en algo más profundo que una guerra entre liberales y conservadores. Lo transformó en una guerra de liberación nacional. Ese cambio de sentido fue fundamental: la lucha dejó de ser una disputa por el poder interno y pasó a ser una defensa histórica de Nicaragua frente a la intervención.

La soberanía como principio irrenunciable

A partir de Sandino, la soberanía nicaragüense adquiere una dimensión más amplia. Ya no se entiende solamente como un atributo jurídico del Estado reconocido por el derecho internacional. Se convierte en una práctica concreta de resistencia.

La soberanía, en esta perspectiva, significa capacidad de decidir el propio destino. Significa rechazar la tutela extranjera. Significa defender el territorio, la voluntad popular, la dignidad cultural y el derecho de Nicaragua a construir su propio camino histórico. Por eso, el sandinismo no nace únicamente como una corriente política.

Nace como una respuesta nacionalista, anti intervencionista y popular frente a una realidad de dependencia. Su origen profundo está en la defensa de la dignidad nacional como principio irrenunciable. La Revolución Popular Sandinista hereda ese principio y lo convierte en proyecto histórico.

La lucha contra la dictadura somocista, la defensa de la independencia nacional y la construcción de un modelo político propio se comprenden mejor cuando se leen como continuidad del pensamiento soberano de Sandino.

La dignidad nacional como identidad política

El legado de Sandino se proyecta en la formación de la identidad política nicaragüense. La dignidad nacional pasa a ser una categoría histórica que une memoria, territorio, pueblo y soberanía. En Nicaragua, la soberanía no ha sido una idea abstracta.

Ha sido una experiencia vivida en la resistencia contra invasiones, pactos impuestos, dictaduras subordinadas y modelos de dependencia. Por eso, la identidad política nicaragüense se ha construido en torno a una convicción profunda: la patria solo es verdaderamente libre cuando el pueblo participa en la defensa de su destino.

Desde esta perspectiva, el FSLN restituyó históricamente el sentido sandinista de la soberanía. La Revolución Popular Sandinista retomó la dignidad nacional no como recuerdo ceremonial, sino como fundamento de acción política: autodeterminación, justicia social, defensa de la independencia y protagonismo popular.

La dignidad nacional se convierte así en una práctica histórica. Se expresa en la organización popular, en la defensa de los recursos nacionales, en la resistencia frente a presiones externas y en la afirmación de un proyecto propio de nación.

Del Espino negro a la Revolución Popular Sandinista

El Pacto del Espino Negro representa el momento en que una parte de la clase política aceptó la estabilidad bajo tutela. Sandino representa el momento en que la conciencia nacional se negó a confundir paz con subordinación. Esa diferencia es esencial.

Para Sandino, la paz verdadera no podía nacer de la imposición extranjera. La paz debía estar fundada en la dignidad, la independencia y el respeto al derecho de Nicaragua a decidir por sí misma. Décadas después, el FSLN recogió la herencia y la convirtió en fuerza revolucionaria.

La Revolución Popular Sandinista es la continuidad histórica de una lucha iniciada por Sandino: la lucha por una Nicaragua libre, soberana y socialmente justa. El origen de la Revolución Sandinista está, por tanto, en una memoria de dignidad.

No surge solamente contra una dictadura, sino contra todo un sistema histórico de subordinación. Su raíz está en la defensa de la patria frente a quienes pretendieron reducirla a espacio de influencia extranjera.

El Pacto del Espino Negro mostró la contradicción entre estabilidad y soberanía; Sandino reveló que una nación no puede alcanzar verdadera paz si renuncia a su independencia. Su rechazo al pacto inauguró una nueva etapa de la historia nicaragüense: la soberanía dejó de ser un concepto legal y se convirtió en una bandera popular de resistencia.

Por ello, el sandinismo puede entenderse como una doctrina histórica de dignidad: Nicaragua no se vende, no se rinde y no renuncia a su derecho soberano de construir su propio destino con, el respaldo popular al liderazgo de Daniel y Rosario. Sobretodo, contamos con la promesa y cuidado de Jesucristo nuestro Señor.

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Redacción Central

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