Sin Pancasán no habría revolución
Hay historias que no terminan con la muerte. Historias que, al trascender a otro plano de la vida, comienzan a caminar por los senderos de la inmortalidad; permaneciendo en la memoria de los pueblos, en los poemas, en las canciones y en cada generación que vuelve la mirada hacia quienes un día decidieron convertir sus sueños en lucha.

Pancasán es una de esas historias que te hace volver a la lucha, al patriotismo y revolución que un día marcó un punto de inflexión y reactivación de la lucha armada sandinista.
El 27 de agosto de 1967 quedó sembrado para siempre en las páginas de la historia de Nicaragua. En aquellas montañas no solo hubo combate. También quedaron sembradas ideas, esperanzas y convicciones que, con el paso del tiempo, descendieron desde las alturas convertidas en un clamor de transformación.
Por eso, cuando se habla de la historia de la Revolución, hay un nombre que inevitablemente vuelve a levantarse entre la memoria y la montaña: Pancasán.

Allí, en medio de la lucha y el sacrificio, se escribieron capítulos que marcaron el camino de una generación y dejaron una huella profunda en la historia nacional.
Hace algunos años tuvimos la oportunidad de conversar con Gladys Báez, la compañera de las trenzas, primera mujer guerrillera en el campo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y quien, en sus últimos años, formó parte de la Junta Directiva de la Asamblea Nacional.
Su recuerdo permanece ligado a aquella historia. Ella misma evocaba aquellos tiempos con la firmeza de quien había vivido la lucha en primera persona, pero también con la espontaneidad y el humor que la caracterizaban. Entre risas, solía decir:
Yo era la propaganda armada jajaja.
Y en esa frase, pronunciada con alegría, parecía caber toda una época.
Porque hay personas que parten, pero no se van del todo. Hay luchas que terminan, pero sus ideas continúan avanzando. Y hay lugares que dejan de ser únicamente un punto en el mapa para convertirse en símbolo.
Pancasán es memoria. Es historia. Es montaña convertida en legado.
Así mismo durante la conversación Báez nos contó detalles muy poco conocidos de Silvio Mayorga, quien se enfrentó a la Guardia Nacional de la dictadura somocista en las montañas del norte.

Mayorga desde muy joven se encontró con Tomás Borge y Carlos Fonseca en la universidad, quienes en conjunto formaron el primer núcleo de estudio del materialismo histórico y del socialismo.
Una de las particularidades de Silvio era que no se conformaba con decir un «chagüite», como se dice popularmente, sino que hacía alusiones precisas, certeras y firmes.
Era terco, así lo recordó Gladys:
«Increíblemente terco». Componía acrósticos, poemas y le gustaba cantar.
Entre sus memorias históricas resaltó que, en una ocasión, durante un momento de descanso de la guerrilla en las montañas le pidió que respondiera una pregunta de forma sencilla, sin el lenguaje formal de los libros, los filósofos o los políticos.
—Gladys: ¿Para vos, Silvio, ¿qué significa la Revolución?
—Silvio: Pues mira, «la Revolución es como un tren en marcha».
En medio de aquella realidad, mientras la guerrilla enfrentaba las dificultades de la montaña, algunos de sus jóvenes comenzaron a comprender que enseñar a leer y escribir también era una manera de transformar la vida de un pueblo. De esa historia emerge otro nombre que el tiempo intentó dejar en silencio, pero que la memoria se encargó de rescatar.
El Chele Moreno y la alfabetización en la montaña
Entre los nombres que forman parte de aquella historia aparece Francisco «El Chele» Moreno, quien, de acuerdo con documentos y discursos, era el más joven de la guerrilla. Durante muchos años, su figura permaneció poco conocida, como una de esas historias que quedan escondidas entre las páginas de los grandes acontecimientos. Sin embargo, el comandante Daniel Ortega reivindicó su lugar en la memoria histórica de Nicaragua.

En distintos aniversarios de la Cruzada Nacional de Alfabetización, el comandante recordó aquella escena ocurrida en las montañas de Pancasán, donde el acto aparentemente sencillo de enseñar a leer y escribir adquirió una dimensión histórica:
Como había dicho Carlos allá en la montaña, en Pancasán, cuando Francisco Moreno estaba enseñándole a escribir y a leer a un campesino, Carlos pasa y le dice: “Sí, enséñenles a leer”.
Aquella frase, pronunciada en medio de la montaña, encerraba una idea que con el paso de los años adquiriría una dimensión nacional: la lucha por transformar Nicaragua también pasaba por abrirle las puertas del conocimiento a quienes habían sido excluidos de la educación.
Y hasta su nombre quedó marcado por un detalle que lo hizo inconfundible dentro de la guerrilla. Daniel Ortega también recordó cómo nació el apodo con el que sería conocido:
Francisco Moreno, a quien le decíamos el “Chele Moreno”, porque era chele, totalmente chele, de pelo amarillo... y de apellido Moreno. Entonces, el “Chele Moreno” le decíamos a Francisco Moreno.
Héroes y Mártires de Pancasán
Los 13 caídos en la gesta del 27 de agosto de 1967
Silvio Mayorga Delgado, comandante y miembro de la Dirección Nacional del FSLN.
Rigoberto Cruz «Pablo Úbeda», fundador del FSLN.
Óscar Danilo Rosales, doctor.
Francisco Moreno.
Otto Casco.
Fausto García.
Carlos Reyna.
Ernesto Fernández.
Carlos Tinoco.
Nicolás Sánchez «El Tigre del Cerro Colorado».
Fermín Díaz.
Felipe Gaitán.
Óscar Armando Flores.
Existen distintos escritos sobre la Gesta de Pancasán. Entre ellos destaca un poema de Ricardo Morales Avilés, escrito en 1971 desde las cárceles de la dictadura somocista, en La Aviación:
Pancasán es el fuego que no se apaga, la decisión del hombre que no se muerde, la tierra que florece con la sangre de los mejores. No hubo derrota en el Cerro Colorado: allí nació el nuevo camino
Por su parte, el poeta caribeño David McFields escribió, de forma lapidaria:
Hay un clamor que viene de la montaña,
hay un clamor que se oye al amanecer
que dice así: Revolución, Revolución…
En Pancasán la brisa te está llamando
y en la ciudad ya viene quebrando el son,
que dice así: Revolución, Revolución…
Pablo Úbeda, el mito de las montañas
Antes de convertirse en leyenda, Rigoberto Cruz, «Pablo Úbeda», fue uno de los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Su figura quedó registrada en distintos escritos que destacan no solo su destreza física, sino también la particular aura que fue creciendo alrededor de su nombre.

En las montañas de Las Segovias llegó a ser conocido como «El Cadejo de Las Segovias», un sobrenombre que evocaba una de las figuras más arraigadas del imaginario popular nicaragüense. Su habilidad para desplazarse y burlar a la Guardia Nacional alimentó una fama que pronto trascendió los campamentos y caminos de la guerrilla.
Podía estar en varios lugares al mismo tiempo. Era común que un grupo de guardias afirmara haber combatido contra él en Waslala, mientras otro pelotón aseguraba haberlo emboscado el mismo día en Rancho Grande o Terrabona.
Así fue tomando forma el mito de Pablo Úbeda, su historia revela cómo, en aquellos años, la memoria de la lucha no solo quedó escrita en documentos, sino también en las voces de quienes vivieron y contaron aquellos acontecimientos.
Así lo retrata una de las canciones del canto épico de la Revolución:
Se disfraza de espadillo,
se disfraza de mozote
y se convierte en pocoyo,
conejo, garrobo, cusuco, pizote...
¿Qué será esta confusión?,
se preguntaba el sargento.
¿No será que este cabrón
es el mentado Cadejo?
Lo vieron en Kuskawás,
en La Tronca y en Waslala.
Ya no lo verán jamás:
se lo tragó la montaña.
Estando hoy bajo abrazo de la sombra invencible de los héroes y mártires.
Como escribió Fernando Gordillo:
«Canto el nombre de los que escriben la historia y la historia no cantará jamás sus nombres. ¡En sus desnudos hombros descansa la esperanza!»